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No soporto la erudición. Lo cual es una gran desventaja a la hora de ofrecerse, porque el mundo se amilana ante la erudición. Por supuesto, mi mala memoria puede ser la responsable de este desagrado. También yo a veces me dejo apabullar ante la erudición. Pero, en general, me aburre infinitamente. Los datos no esenciales sobran.
Leo Imágenes, de Bergman. Muy inspirador. Bergman me encanta.
Dice:
“De esto se deduce que la crisis era profunda. Me fijé exactamente las mismas normas que cuando estaba tratando de levantar cabeza tras el asunto de los impuestos. El cumplimiento maniático de las normas fue mi manera de sobrevivir.”
Yo soy incapaz de cumplir normas, mucho menos de manera maniática.
Ni siquiera eso puedo hacer.
Lo que sí siento es un bloqueo. Me siento vacía. Intuyo que debería avanzar, de alguna manera, y la creatividad es mi único recurso, pero me siento vacía y sin interés.
Imágenes que me asaltan últimamente no directamente relacionadas co0n Ariel:
El viejo furibundo que golpea campanas. Ira.
El fin de la humanidad. Esta mañana desperté soñando que era el fin de la humanidad.
-¿Es el fin de la humanidad y no te importa? –me preguntaba a mí misma.
Estaba sorprendentemente tranquila.
No quiero complacer a nadie. Adoptar el tono elegíaco y dulce dominante en la primera época de mi duelo.
Quiero escupir.
En realidad estoy harta de los consejos bienintencionados. Las presuposiciones son erróneas. Y eso me irrita, porque se repite. Tengo que salir, tengo que hacer cosas, tengo que no estresarme, tengo que ser cariñosa. Esos consejos implican que no salgo, que no hago cosas, que no intento mantenerme tranquila, que no soy cariñosa. En mi lucha constante conmigo misma están presentes todas mis debilidades. En mi estado actual tengo presentes esos aspectos, por demás obvios. ¿Qué es lo irritante? La seguridad de que nada es útil. Estoy caminando por un pantano, con los ojos anegados y los brazos extendidos ante mí.
¡Claro que me arrastro, joder! ¡Claro que me esfuerzo, joder! No hago otra cosa más que esforzarme y arrastrarme y hacer de tripas corazón. Repetirme una y otra vez que lo haga es dar por sentado que no lo hago o no lo intento.
Pido perdón. Pido perdón a mi madre, pido perdón al mundo. Sé que me quieren, que por eso sienten que deben recordarme ciertas cosas, decirme ciertas cosas. Que están preocupados por mí.
Pero yo, aniquilada, sé que no hay nada que puedan decirme. Sólo quiero mimos. Sufren por Ariel y sufren por nosotros. También quiero que no sufran.
Un anciano furibundo que golpea con su bastón macizos de flores. Que golpea las tres campanas de la iglesia. Está en un campanario redondo y gira en su silla de ruedas golpeando una y otra campana. El ruido de las campanas viaja por el valle. Al fondo del valle corre un río sucio.
Quizá he tenido ya suficiente realidad.
El ruido de las campanas de mi cabeza.
Las golpeo con furia. Llenándome el pecho de babas.
Las comisuras de mi boca se rajan de pura furia.
El aire se hace añicos con mi furia metálica de campana.
También hay un puto buque oxidado que golpeo constantemente.
Abandonado.
El fin del mundo está cerca. Del mío, al menos.
El diario secreto de la madre muerta.
Basura.
No quiero escribir basura.
Quiero rabia.
Expulsar por esta boca mía enorme.
No voy a crecer con esta muerte.
No crecimiento interior. Nada que encontrar. La sabiduría es un mito como cualquier otro. Lo único sabio es la resignación. La aceptación, y alejar de uno conflictos lacerantes.
Envejezco a una velocidad endiablada. Odio el mundo moderno. La televisión me hunde en el infierno. Los medios de expresión de la imbecilidad se han desarrollado hasta un extremo pesadillesco. Los vampiros. ¡Dios, los vampiros! Cientos de años de vida no los hacen una pizca más interesantes. No son más que adolescentes patéticos.
Odio la cultura de la adolescencia. ¿Habrá en el mundo mezquino éste nuestro alguna cultura que no haya sido entregada a la adolescencia? Ya no se trata de juventud. Eso quedó a tras después de Baudelaire, joder. Ahora es adolescencia tontorrona y consumista. Odio los mensajes antisistema. Odio los tópicos. Odio el sexo mediático. Busco hombres, como Diógenes. Miradas. Y sólo las encuentro en la realidad. Los medios de comunicación son demenciales. ¿Sueña la gente todavía? ¿Y si les soltáramos un par de hostias a todos? ¿No se quedarían un poco más satisfechos, saciados?
-Mira, joder, mira tu propia muerte. Mira la muerte de los que quieres.
Ira.
Odio a los vampiros.
Empiezo a desear el fin de todo.
Sólo las grandes praderas vacías iluminadas por el ocaso tienen dignidad.
Sólo la naturaleza tiene dignidad.
El arte es inútil.
El mundo tal como lo concebimos se ha acabado.
Los artistas, los poetas, viven una frenética búsqueda de esencia. Dedican muchísimas más horas a promocionarse que a trabajar en su arte. Volvemos a la edad media. No es que la cultura se refugie en unos pocos monasterios. Es el vacío el que ha de refugiarse en cada corazón, en cada casa. En la arquitectura tradicional japonesa existe una habitación vacía. Pequeña, como una despensa. No hay nada en ella. No creo que los japoneses sigan conservando en sus hogares esas habitaciones vacías. Están apretados. Bajo montañas de palillos de madera.
Hasta hablar del vacío es un tópico.
La única dignidad posible hoy en día es renunciar a los medios de comunicación.
Vivir en el vacío. Ya sé, ya sé que llevo toda mi puta vida añorando soledad y vacío y que soy la persona menos solitaria del mundo. Quizá sea eso. Una advenediza de la soledad. Como el biopijo. Como el antisistema. Como el rebelde de pacotilla.
Mi ansia es profunda.
Pero no cantéis victoria. A lo mejor mi camino es ése y a lo mejor desarrollarme consiste en llegar al silencio, al vacío, a la muerte fuera de escena. Absurdo decir estas cosas en un medio público, sí. Como hablar de la revolución con tarjetas de crédito en el bolsillo. No soy de este mundo. Lo rechazo. Quiero prepararme para morir. Quiero vivir lo que me queda cerca de la tierra, de bruces, oliéndola, yaciendo sobre mi lomo para medir la profundidad del cielo. La profundidad de la tierra. La profundidad del cielo.
No me importa que todo acabe. Ya no me gusta este rollo. No me gusta el mundo. Está podrido. Hueco.
Ah, si pudiera destruir el mundo. La tecnología. Porque odio la tecnología. El ruido. Odio el ruido. ¿Por qué os reís? ¿Qué derecho tenéis a reíros? ¿Porque nunca he estado sola creéis que podéis reíros de mí? ¡Ah, pero ahora tengo cierta autoridad, eh! ¡Ahora tengo licencia para matar! Ahora puedo estar segura de que sufro.
Odio la televisión.
Odio la cultura. ¡El mundo de la cultura! ¡El mundo de la cultura! Es buenísimo, es cojonudo, es todo un descubrimiento, es la punta de lanza, es el aladid, es la vanguardia. ¡La vanguardia! Dios santo. ¿Todavía hay alguien que crea en la vanguardia? ¿Todavía hay quien cree que sabe algo más que alguien más viejo? Datos, datos, más datos. Más datos, venga. Más recopilaciones. Me muero de risa cuando oigo hablar de las editoriales online. Me descojono. Todo el mundo hablando. Todo el mundo hablando a la vez. El crítico ya no será sólo un crítico, será un explorador. Habrá exploradores y habrá críticos. Será imposible descubrir entre la maraña una voz original. Y todavía hay quien quiere estar al tanto de la actualidad, válgame dios qué ingenuidad asombrosa.
Odio los proyectos, odio a las organizaciones no gubernamentales. Odio a los lamas, odio la homeopatía, odio las biografías de músicos de rock, odio a las celebridades. Odio los movimientos. El movimiento gay, el movimiento espiritual, el movimiento revolucionario. Odio a la masa. Odio a la masa. Odio a la masa.
¿Escupo? Tengo derecho, joder, tengo derecho a escupir, me cago en dios. Tengo derecho a no inmutarme si se acaba el mundo.
¡Las cifras! ¡Las cantidades! Los estudios. Hay estudios por la universidad d winconsin que demuestran que. Que. Que.
Voy a acabar con todo esto. Voy a acabar con este blog. Voy a acabar con todo. Sólo quiero a Ariel. Sólo quiero a los que quiero. El resto del mundo, con toda sinceridad, me deja indiferente. Es más: me parece vergonzoso. No malo, eh. No malo. Sólo vergonzoso. Sólo me gustan las personas de una en una y fuera de los medios de comunicación. Eso sí: me gusta casi todo el mundo. Pero ah, sólo verlos observando la pantalla de la televisión me da ganas de soltarles un martillazo. Todo el mundo me da pena. Me dan pena todos. Sufren. Sufren a lo bobo, sí, pero sufren. Beben, compran, comen compulsivamente. Todo es un afán de agarrarse a algo. Está ahí la muerte y no la quieren ver. Tragar, tragar, tragar, sólo así nos vemos a nosotros mismos, adquirimos cierto peso para no irnos volando hasta las nubes. Tragar. O dejar de ser libres, también. O ser contemplados, amados, creador, dominados. Oh, un hombre que nos domine, eso nos deja saciadas, nos hace creer que existimos, que tenemos un valor. Valor de cambio, un coche, una casa, una persona. Salimos con el alma humillada al mercado, a ofrecernos, hombres y mujeres. Sólo los niños se salvan del mercado, sólo ellos son capaces en ocasiones, cuando son muy pequeños –en seguida aprenden- de sentirse cómodos jugando con una chincheta.
La literatura ha hecho mucho daño, eso lo sabemos. El cine, más. Y la televisión ha asesinado a la humanidad. Qué gratificante delirio de furia.
Porque si todos somos una mierda la vida no merece la pena, y Ariel está a salvo de la inmundicia. Ariel no será depresivo, ni alcohólico, ni bipolar, ni adicto a la pornografía, ni incapaz de comprometerse, ni incapaz de ser libre.
Antón duerme a mi lado.
Yo expulso mierda. Rabia. Rabia.
Voy de libro en libro y no me quedo en ninguno. Nada nace mella en mí. Consumo, consumo, consumo. Me evado, que es casi lo mejor que puedo hacer. No recuerdo ningún dato. De nada. Al contrario que el tipo del cuento de Borges cuyo nombre tampoco recuerdo. No recuerdo nada. Eso me mantiene un poco limpia. Sé que hay jugadores de fútbol. E hijos de famosos. Cortesanas. Pero no hay casi nada más. Quiero algo. Quiero algo auténtico.
Quizá debería empezar a morir. Volver a mi infancia, intentar recordar pensamientos puros.
Casi todo lo que he dicho es mentira.
Pero me ha gustado decirlo.
Es todo verdad.
Es todo mentira.
Porque lo que no puedo dejar de sentir nunca es este amor por la gente. Por la vida. Por la naturaleza. Es lo único. Pero es todo verdad.
Odio el ruido, el tráfago, la televisión. Internet. Odio la manera que tiene de absorberme. Ruido. Ruido. Ruido.
La respiración de Antón, que duerme a mi lado, es un milagro. Aunque él sea tan rematadamente difícil. Aunque sea capaz de fingirse enfermo. Aunque no sepa cómo canalizar su dolor. Como yo. Como todos.
Odio.
Odio tener que hacer cosas. Y tengo que hacer la comida ahora mismo.
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